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sábado

Si es la única forma, pintará una luna llena. Ahí arriba, brillando casi tanto como él dice que brillan sus ojos cuando sonríe. Lo que él no sabe, o tal vez sí, es que ese brillo no es por la sonrisa, sino por él.

Está decidida. Piensa que sólo hay dos salidas posibles. La primera ya la puso en práctica, sin éxito. Algo dentro le decía "huye!" pero a la hora de la verdad, se encontró con que su salida de emergencia estaba cerrada, atrancada. Quizá por ella misma. Y ahora, sólo queda otra opción, pintar una luna llena en el cielo y esperar a que se haga de noche.

Y confiar en el tiempo, que termina por poner del derecho lo que un día volvió del revés. O viceversa.

miércoles

Ain't that Mr. Mister?

- Bah, menuda estupidez.

Ella se pasea por la habitación, cambiando su peso de un pie a otro mientras pisa sólo las baldosas azules, del mismo color que sus ojos, piensa él. Pero no lo dice, se limita a observarla, tiene algo que le atrapa.

- ¿Estupidez? ¿No eras tú la que creías en el destino?

Sus ojos color-baldosa abandonan por un momento el juego infantil y lo miran, enmarcados por un millón de pestañas inacabables y otros dos millones de preguntas sin respuesta.

- Sí, claro. Por eso es una estupidez esperar a que ocurra. Yo sabía que tú eras mi destino, así que decidí tomar el camino en el que ponía tu nombre, un par de cruces atrás. Habría llegado igualmente a ti, pero, ¿sabes? andar por andar con este calor nunca me ha gustado demasiado...

domingo

Segundos para dos

LLaman a la puerta. Ella se acerca, despacio, arrastrando los pies. En realidad ya sabe, por esa forma de llamar, quién está ahí, esperando de pie, a sólo unos pasos y a la vez tan lejos, su corazón se lo ha dicho.
Abre la puerta. Dedos que se agarran fuerte, muy fuerte, al marco de la puerta, hasta quedarse blancos, labios vacíos, sin saber bien qué decir, que ven cómo las palabras huyen de ellos desesperadamente.
Ella se cierra la chaqueta y aprieta fuerte, en un intento estúpido por evitar que el corazón se le salga del pecho, en un intento estúpido de aparentar que todo es normal.
Él siente ganas de abrazarla, tal vez tenga frío, por eso se tapa, seguro. Siente ganas de cogerla y no soltarla, de agarrarse a ella hasta que sus nudillos pierdan el color, hasta que él mismo pierda la conciencia del tiempo. Siente ganas de tantas cosas... pero no.

 Y, como si fuera la primera vez, ahí se quedan, en la puerta, ella apretando fuerte la chaqueta, él apretando fuerte los nudillos.

sábado

Negro

Siempre había odiado el bolígrafo negro. Según ella, el negro era para la ropa, elegante, sofisticado, serio, un color perfecto para acertar en cualquier ocasión. Pero no para escribir...hacía que cualquier frase, por alegre que fuera en realidad, pareciera triste y sin vida.

Y sin embargo ahora, sentada delante del papel, pensó que tal vez éste era el momento perfecto para utilizar el color negro para escribir, porque ni siquiera tenía ganas de que lo que fluía entre su cabeza y el papel pareciera alegre. ¿Dónde habrían quedado sus rotuladores de colores?

viernes

Olor a sal.

Huele a sal. Te encanta andar por la playa, perderte entre los cromatismos de la naturaleza, llevar la vista más allá del azul del mar, donde casi se fusiona con el color del cielo. Y el color dorado de tu piel contra la arena, y las rocas grises, y el olor a crema, y a mar, y a sol en tu pelo.

Te gusta sentir la arena mojada entre tus dedos cuando escribes distraida en la orilla palabras secretas, y ver cómo segundos después, el mar se encarga de borrarlas y guardarlas para sí, como un pequeño cofre de los secretos.

Ni siquiera te importa que las olas lleguen hasta ti, ahí sentada en la orilla, mojándote y llenándote de arena, ni que el agua esté tan fría que la sal se quede pegada a cada poro de tu piel en miles de pequeños escalofríos cada vez que el mar te alcanza. Nunca creíste posible seguir aquí, paseando sólo contigo y tus pensamientos de la mano, sentir el placer de la libertad, y sonreir y seguir andando cuando se pone a llover en una de esas tormentas tontas de verano, limitándote a disfrutar de cada segundo.

Por las noches, salir a la terraza, apoyarte en la barandilla y tratar de no pensar en nada mientras te pierdes entre los millones de estrellas que salpican el cielo negro. Escuchas el mar, tu piel se deja mecer por las olas, navega entre la arena y las rocas, miras el cielo como si nunca más fuera a amanecer, como si fueras a permanecer ahí, colgando entre las estrellas en el vacío, para siempre.

miércoles

Tierra.

¿Y qué más da cómo llegaste hasta aquí?
Sólo mírate, siente la tierra bajo tus pies, respira. Hondo, más aún. Explora cada uno de los pequeños detalles que te rodean; al fin y al cabo, eso es lo que siempre queda, los detalles. Un beso, una sonrisa más larga de lo normal, una mirada, ese gesto, un olor. Toda una vida llena de sensaciones y pequeños milisegundos que nos hacen felices.

Sonríes, antes creías que todo eso no eran más que tonterías. Y sin embargo ahora mírate.
Aquí, de pie, tan pequeñita en medio de ninguna parte, perdida cerca y a la vez tan lejos de todo.

El sol quema tus ojos claros y baña tu piel, mimetizándola con el tono dorado del atardecer entre montañas. La brisa baila con tu pelo y todo parece hecho justo para ti, sólo para ti.

¿Qué más da quién eres? Aquí dejas todo a un lado, las lágrimas, los escalofríos y los recuerdos que duelen demasiado, y pasas a formar parte de la naturaleza. Te conviertes en una pequeña parte de esas rocas inmensas que te rodean. Subes hasta el cielo y las lágrimas que aún quedaron escondidas en alguna parte caen en forma de esa fina lluvia que poco a poco va calando en la tierra y hace surgir los brotes verdes. Viajas con el viento y escuchas los secretos mejor guardados en los rincones más recónditos.

Y ahora, tapándote con esa camisola de colores que tanto te gusta, echas a andar de nuevo, sin volver la vista atrás, y te vas por donde viniste, tu casa, tu gente, tu vida.

Ladrona de tiempo.

Su nombre, como todo en ella, era algo irrecordable. Tal vez demasiado largo, o corto, tal vez no le pegaba. Simplemente, la gente nunca lo recordaba. Cuando querían hablar de ella, se daban cuenta de que alguien les había robado de la memoria ese pequeño detalle sin importancia.
Sin embargo, con todos los aspectos de su vida ocurría igual. Todo el mundo sabía de ella, pero nadie la conocía en realidad. Hablaban de su forma de vestir, de su manera de caminar, de observarlo todo como si jamás hubiera visto nada igual, con esos ojos cristalinos que recordaban el agua del mar en verano, la brisa y el sabor del salitre en los labios. Chismorreaban sobre sus inquietudes, sobre sus gustos, llegando a crear para ella todo un historial de posibles amantes, mujeres, hombres, simplemente una forma de llenar el espacio vacío de sus vidas, intentando dar color a las de los demás.
Ella lo sabe. El viento le trae los nuevos rumores de la semana, y ella juega con ellos y los convierte a su manera. Amante ocasional, permanente admiradora de la vida, de las pequeñas cosas que la conforman, de la naturaleza. Vividora profesional, tal vez tenga más conocimientos adquiridos que todos aquellos seres grises que hablan a sus espaldas. Y más sonrisas ahí, acumuladas en los labios, de las que el resto puedan siquiera imaginar.
En realidad, su cometido es sencillo. Sonríe. Es una ladrona, una ladrona de tiempo. Se dedica a robar esos pequeños segundos, minutos, momentos que desearíamos alargar hasta la realidad, y guardarlos. De nada sirve parar el tiempo, pero sí guardarlo, almacenarlo, volver a vivirlo. No almacena recuerdos, sino segundos, sensaciones, tiempo convertido en algo más que simples granos de arena cayendo de un reloj. Ella los coge, los cuida, y hace que permanezcan ahí, para siempre. En realidad, nada cambia... Aunque ahora, con el tiempo entre sus manos, vive para ella, exprime al máximo cada momento, explora cada rincón, cada cuerpo, cada vida como si fuera la primera, disfruta cada día como si fuera el último.

Viento de invierno

Enero

El termómetro marca tres grados. Él maldice en silencio y sigue andando, sólo una sombra perdida en una calle de Madrid. Sus pasos rítmicos son lo único que se escucha, ni siquiera los coches rompen el frío y la soledad que envuelven de niebla y suspiros de viento  y vaho esta mañana de enero. No lleva reloj, no sabe qué hora es ni cuánto rato lleva caminando, ni tampoco cuándo dejará de hacerlo. Es demasiado pronto para estar despierto, demasiado tarde para volver a casa ya. Así que sólo sigue, un paso, y otro más. El sol empieza a desperezarse, despunta entre los edificios, y la luz anaranjada hace brillar sus pupilas cuando por fin decide detenerse.

Lenta, muy lentamente, saca las manos de los bolsillos. Entre sus dedos, tímida, asoma la esquina de una fotografía. Él la observa, se pierde entre esas sonrisas que las lágrimas ya se encargaron de borrar, en esas manos entrelazadas que quedan tan lejos que ya casi resultan difíciles de recordar. Y rasga, lentamente primero, de un decidido tirón después, y el sonido del papel rompiéndose inunda sus sentidos. Dos mitades, dos manos que ya no volverán a entrelazarse, dos miradas rotas. Ahora el viento sopla más fuerte, Y entonces, lanza los cuatro pedazos al aire, que se los lleva en una danza extraña, que juega con su pelo y le susurra al oído cosas que no logra entender.


El sonido del viento golpeando en su ventana hace que se despierte incluso antes de que suene la odiosa alarma de todas las mañanas. Se levanta rápida, ligera, repentinamente desvelada, y abre la ventana. Le gusta sentir el frio posándose en su piel por un instante, el leve escalofrío que la sacude y le hace sentirse viva. Esta mañana, el sol la saluda desde lo alto, y el viento juguetea con su pelo, revolviéndolo. Se asoma al balcón, observa, sonríe, con la mente en blanco, y de pronto algo le roza el brazo y cae. Se agacha a cogerlo, y un chico le sonríe desde el papel. Lo mira y siente algo extraño, un calor que trepa por su estómago hasta provocarle un escalofrío. Espera, pero no aparecen más pedazos de la extraña fotografía. El frío viento le recuerda de pronto el calor de su habitación, y cierra la ventana, llevándose la foto con ella. Y la mira de nuevo, fijándose en esa sonrisa, en esa mano suspendida en el aire sin agarrar nada en concreto.

Septiembre

Ella corre por la calle, su pelo meciéndose al compás de sus pasos, bailando con la brisa que va despidiendo el verano. Los nervios ya están instalados en su pecho, primer día de universidad... qué rápido ha pasado todo. Siente curiosidad, ganas de cambiar, de vivir experiencias nuevas, pero, sobre todo, se dice mientras apura el paso, no quiere llegar tarde... 
Se sienta en la última fila, tímida, curiosa, expectante. Unos ojos la observan divertidos.
- Primero?
- Qué...?
Él sonríe. Esa sonrisa...
- Decía que si eres nueva....
- Eh... sí... ¿tanto se nota?
Sus ojos sonríen, sus manos... esas manos.

Ella se queda mirándolo, de nuevo el escalofrío, no puede ser. No puede ser él, hace ya  tanto tiempo desde que aquel papel cruzó su ventana....Él la mira, curioso, interrogándola con la mirada.
Y ella... no sabe qué decir. Tan solo desliza sobre la mesa un papel, una fotografía... una sonrisa, un papel rasgado en cuatro pedazos.

Almas

Lunes. Camina por la calle, pero no tiene prisa. Sus ojos curiosos ante todo lo que le rodea delatan que no conoce la ciudad. Mira, toca, siente el lugar, se empapa de gestos, costumbres, sonidos, canciones. Y sonríe, y sigue andando, y mirando, y soñando.

No sabe que, al otro lado de la calle, hay alguien que la observa. Atento a sus gestos, a sus miradas, su mirada avanza conforme ella camina, y sonríe con ella. Mira cómo cae su pelo castaño en cascada bajo sus hombros, cómo se mueve al compás del viento, caprichoso, lento, suave, se deja llevar.
No hay duda, es ella.
Es inconfundible su presencia, su aura de colores brillantes, su esencia, ese movimiento de caderas al andar, esa sensación de serenidad, de frágil tranquilidad, que deja al pasar. Ese gusto dulce primero, amargo después, cuando la ves marchar.


La chica desaparece por la esquina, aún con las ganas de conocer, de vivir. Y él sonríe. Y de nuevo ese gusto amargo inunda su boca, y baja hasta llegar a su corazón. Escalofrío.
Y entonces se pregunta qué hace ella aquí, después de tanto tiempo, y peor, si aún se acordará de él. Y el miedo, como siempre, le corta las alas y le impide volar, arriesgarse, correr tras ella.

Viernes. Cinco días, cuatro noches en la ciudad que no duerme, soñando con esos ojos verde esmeralda que le recuerdan a todo, y a la vez a nada. Ella camina de nuevo, y piensa, y sonríe a la gente al pasar. Y de pronto, allá al fondo, suena una música. Y ella se acerca, sus piernas corren hacia el sonido, y la gente se gira a mirar a aquella chica que corre sola, tan joven, tan frágil por la calle, sin importarle nada. Una música, un tango, y de repente se ve agarrada de la mano a alguien que también quiere unirse a ellos. Y no duda, no piensa, se deja llevar por el momento, y de nuevo su sonrisa, su pelo al compás de la música que lleva el viento, y de repente mira al chico que tiene delante. Ojos esmeralda. Y sigue mirando, y no cabe duda. Él se da cuenta, y también la mira.

- Pero por qué....
- Pero cuánto...
- Qué ha...aquí...yo....

Las palabras no le salen. Quiere preguntarle si es él, si realmente es aquel chico que desapareció de la noche a la mañana sin dejar rastro, llevándose con él parte de su corazón. Y no tiene nada que reprocharle, no era su novio, no era nadie, pero era el chico por el que ella habría dado todo y más.
Quiere gritarle, qué haces tú aquí, en esta ciudad sin nombre, quién eres, dónde has estado, y sobre todo por qué. Un por qué enorme, con mayúsculas, sentido, con sabor a desamor, a lágrimas, a esperanzas rotas, desgastadas por el tiempo.


Y él la mira. Y entonces sonríe. Y le tapa la boca con la mano, suave. Y clava esos ojos verdes que le piden perdón, y le responden a todo eso y más, tenía miedo, de ti, de eso que llaman amor, de ese sabor amargo al verte marchar. Y me fui, huí... Todo el mundo se equivoca, pero yo he vuelto, y eso es lo que cuenta. Todo eso le dicen sus ojos, y ella se pierde en sus palabras, en su mirada.
Alguien la pisa pero no le importa, porque ya no escucha la música, sólo los latidos de su corazón, que vuelve a latir como antes.

Y, sin soltarse de la mano, corren, sonríen, se buscan, como niños, como adultos, como sólo ellos saben. Y se escapan, dos almas anónimas en medio de la ciudad sin nombre.