jueves

Ella nunca lo sabría, pero fue aquel veintiuno de febrero (siempre le gustaron las fechas capicúas) de hacía tanto tiempo, entre la niebla y el olor a mar, cuando había decidido comenzar a burlarse del destino.
Empezó a huir en el segundo previo a ese primer beso para buscar amores fugaces en rincones oscuros sin rastro, sin sombra. Dejó de pensar para dejarse llevar. Paseó más de cien noches descalza por entre las rocas negras del acantilado, sintiendo la espuma de salitre en su piel, y sintió el viento bailar con su pelo, y la gravedad agarrándose a sus entrañas como nunca antes. Se volvió adicta a la adrenalina, recorrió más veces de las que podía recordar las curvas de cuerpos lejanos.
Pero hubo algo que nunca cambió. Siguió soñando con aquel campo de amapolas, rojas como aquellas fresas con chocolate que adornaron más de un despertar.
Y, doce fechas capicúas más tarde, y también sin saberlo, sus pasos la llevaron hasta él. El campo. El de los sueños, el de las fresas. Y de repente una sonrisa, bajo el sauce. Dos miradas. Tres sonrisas más de la cuenta.
Y el destino, satisfecho, ganándole por fin el último asalto de su particular batalla.

5 comentarios:

Ángela Algora dijo...

Me encantan las fresas con chocolate. Y las sonrisas cuando son más de la cuenta :)

Ángela Algora dijo...

ah, y tus entradas ;)

un par de lacasittos dijo...

Particularmente creo qe las sonrisas nunca están de más.^^

un besitto!=)

Sergio dijo...

Siempre he tenido debilidad por las cifras capicúas, quizá sea una simetría que me sosiega o un simple juego de cifras y letras.
Bien por los sueños, bien por las fresas.

Estrella Altair dijo...

Esta es especial..

besos