miércoles

A veces, las mejores imágenes son aquellas que sólo permanecen en nuestra retina, y de ahí, directas a la memoria. Nada de cámaras, nada de poses, sólo la naturalidad, y una perfecta imagen que es sólo y nada más que tuya.


La observa. Ella, en su mundo, ni siquiera se da cuenta. Como siempre. El mar se refleja en su mirada, que se pasea distraída por algún punto entre la playa y el infinito, allá donde suelen andar sus pensamientos. Y entonces, sonríe. 115 músculos movidos por algún fugaz recuerdo en su mente rota por la enfermedad. Eso es lo que más le fascina de ella. Ver  dibujarse a los lados de sus ojos las pequeñas arruguitas y ver cómo el brillo vuelve a su mirada. Justo después, como el rayo que sigue al trueno, observar cómo sus labios se curvan por un instante. Y vuelve a ser Ella por un segundo.
Sin embargo, en un pestañeo todo vuelve a la normalidad. La mirada de ella se torna opaca, lo mira como preguntándole qué hacen allí, como buscando las respuestas a todas las preguntas que genera su mente y que nadie tiene fuerzas para responder.


Y él aprieta fuerte su mano, y la lleva de vuelta a casa, aunque su mente viva aún más lejos, allí donde nadie puede llegar. Y el día se vuelve un poquito más gris, hasta que otra de sus pequeñas estrellas fugaces aparece y la hace sonreír. 

2 comentarios:

Angie Algora dijo...

increible

:)

Anónimo dijo...

Guau...
Qué sería de ella, de todos nosotros, sin esas estrellas fugaces en la mirada...